Thinking Company no nació como un negocio de coworking. Nació como la formalización de algo que ya existía: una Comunidad de profesionales que llevaban años compartiendo ideas, proyectos, espacios y, con el tiempo, lo más importante —las alegrías, las celebraciones, los fracasos y las esperanzas.
Lo llamamos coworking cuando esa palabra entró en el vocabulario. Pero lo que teníamos antes de la palabra era ya una comunidad adulta, con criterio propio y sin necesidad de que nadie la diseñara desde arriba.

Hoy Thinking Company son dos espacios en el casco histórico de Sevilla, en un entorno donde convive una actividad cultural e intelectual que durante mucho tiempo fue invisible en una ciudad de corazón muy tradicional. No es casualidad que hayamos elegido este territorio. Es coherencia.
La Comunidad que habita estos espacios reúne tecnólogos, investigadores, consultores, artistas, gestores culturales y empresarios con algo en común: trabajan con profundidad y no necesitan ruido para demostrar que están construyendo algo. Los vínculos, los proyectos compartidos, las conversaciones que van más lejos de lo inmediato: todo eso emergió de las personas, no de nosotros.
Nuestra función ha sido siempre la misma: mantener las condiciones para que eso siga siendo posible.